HONRAS FÚNEBRES A PÁEZ EN USA

Honras fúnebres de los Estados Unidos de América al cadáver de Páez cuando fue enviado a Venezuela.

Con homenaje digno de él despidieron los Estados Unidos, hace poco, los restos del que, sin más escuela que sus llanos, ni más disciplina que su voluntad, ni más ejército que sus llaneros, ni más semejante que Bolívar, sacó a Venezuela del dominio español, con tanta furia en la pelea como magnanimidad en la victoria, en una carrera de caballo que duró diez y seis años.

En parada solemne fue escoltado el cadáver por las calles más nobles de Nueva York, desde el cuartel del regimiento de Milicias, al muelle de donde, al son de los cañonazos funerales, lo transportó una lancha de vapor, al buque de guerra que, por decreto del Congreso de Washington, llevaba los restos del héroe a Venezuela.

Abría la parada la policía a caballo: la mandaba desde un coche, envuelto en su capa militar y con la muleta caída a un lado, el general Daniel Sickles, el que ganó la batalla de Gettybusrg de una pujante arremetida; seguía la artillería con sus obuses relucientes; la marina de bayeta y cuero; la caballería de amarillo y azul; la tropa de línea sobria: la milicia con colores y galas; una guardia de honor, gris; una escolta de oficiales mayores, con sombreros plumados y espadines de oro; otra de veteranos, con las mangas vacías prendidas al pecho.

Las músicas vibraban. Las damas venezolanas saludaban el séquito con sus pañuelos desde un balcón.

Las aceras estaban llenas de curiosos.

A la cabeza de los húsares iba Sheridad, el que de un vuelo de caballo cambió la fuga de sus escuadrones en victoria. Presidiendo la comitiva iba Sherman, el que acorraló sobre sus últimos reductos al Sur exangüe. Cerraba el séquito doble hilera de coches, con los comisionados de Venezuela y los del Municipio, los ciudadanos prominentes que dispusieron estas honras, representante de Boston y de Brooklyn, magistrados y generales, ministros y cónsules, neoyorquinos e hispano-americanos.

Aquella música heroica, aquel estruendo de cureñas, aquel piafar de la caballería, aquellos uniformes galoneados, aquellos carruajes de gente civil eran cortejo propio, del que con el agua al pecho y la lanza en los dientes salió del estero del salvaje llano, para ganar, en defensa de la libertad, los grados y riquezas que otros ganan oprimiéndola y morir al fin recomendando a sus compatriotas que, «como no sea para defenderse del extranjero, jamás toquen las armas».

En una caja amarilla, como su pabellón iba el cadáver, con las coronas de la Sociedad Literaria Hispano-Americana, del Consulado de Santo Domingo; del 7° Regimiento, del fiel amigo Bebus, y una espada de flores y la corona de los cubanos, «Cerca, mi Dios, de ti,» tocaba la banda a un lado del muelle cuando iba el ataúd del féretro a la lancha en hombros de ocho marinos.

En fila la caballería, la artillería, las milicias, la tropa de línea. El cañón, de minuto en minuto. Todos los sombreros en las manos.

Aquellos honores eran eco del asombro con que los Estados Unidos oyeron contar, y leyeron en libros y diarios ingleses, las proezas del llanero épico que con el decoro y la hombría de su trato supo más tarde, en su destierro de 20 años en Nueva York, mantener para el hombre resignado la admiración que despertó el guerrero.

Sus amigos de entonces son hoy magnates de la banca, columnas de la religión, cabezas de las milicias, candidatos a la Presidencia de la República. «Aún lo recordamos», dicen, «cortés y verboso, muy puntual en sus citas, muy pulcro en el vestir, lleno de generosidad y de anécdotas, amigo de las damas y del baile, sin que lo de general y presidente se le viera más que en un gesto de imperio de la mano o en alguna centella de los ojos». Aún recuerdan al prócer arrogante que en las noches de invierno les contó las guerras increíbles de aquellos hombres que cargaban, como Sánchez, un cañón a cuestas; de aquellas mujeres que decían a sus esposos como la de Olmedilla: «prefiero verte revolcar en tu sangre antes que humillado y prisionero»; de aquellos jinetes que amansaban al potro salvaje conque a la tarde iban dando caza asta contra anca, al enemigo.

Así quisieron sus amigos de antes despedir con majestad al que tantas veces les apareció con ella. Así honró a aquella lanza insaciable el pueblo que se opuso por razones de conveniencia, a que coronara su obra. *



   Se refiere a la liberación de las Antillas y Filipinas que ideó Bolívar en 1.825. Páez debía ir a Cuba. Los Estados Unidos e Inglaterra se opusieron a aquella obra libertadora tildando a Bolívar de «Conquistador».

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